por José Francisco Gómez Hinojosa
Si con algo ha batallado la Iglesia Católica para adaptarse a los cambios del mundo actual es con su concepción de familia. En muchas instituciones y encumbrados clérigos prevalece la idea de la familia tradicional: padre proveedor, madre encargada de las tareas del hogar, hijos -casi siempre más que dos- estudiantes mientras se preparan para formar sus propias familias, con las mismas características.
Sin embargo, hoy asistimos a nuevas conformaciones familiares: además de la nuclear clásica, las monoparentales, las reconstituidas, las extendidas, las virtuales, las sin hijos, las que tienen ‘mascotashijos’, etc. Tenemos cambios culturales y sociales que afectan a las familias: las migraciones, la movilidad laboral, los cambios en los roles de género, el impacto de la tecnología, los nuevos horarios de diversión, la excesiva atención a las pantallas, el aislamiento de las personas mayores de edad, etc.
Me llama la atención, entonces, que en el marco de la cumbre vaticana convocada por el papa León XIV en días pasados, para conmemorar los diez años de la ‘Amoris Laetitia’, y en la que han sido requeridos pastores, expertos y matrimonios, con el objetivo de compartir experiencias sobre la recepción de tal documento, el cardenal Filipe Neri Ferrao, arzobispo de Gea y Damán, y presidente de la Conferencia Episcopal Católica de la India, haya dicho algo que parecería impensable en un purpurado: “No existe un único modelo estereotipado de familia ideal, sino más bien un complejo mosaico de realidades diversas, marcadas por alegrías, esperanzas, dificultades y heridas”.
Por si no fuera atrevida esa reflexión, el arzobispo de Perth, Australia, Timothy Costelloe, ha ido todavía más lejos. En la misma asamblea acaba de sostener, centrándose en las parejas jóvenes que conviven -imagino que sexualmente- antes del matrimonio: “Aunque no estén a la altura del ideal del matrimonio cristiano, eso no significa que no haya nada bueno en sus relaciones“
(Vida Nueva)